La ética del otro
Hay, como de contrabando, pero con carta de naturaleza, como aquellas cosas que se intercambian sin culpa porque se venden como género fresco; hay, digo, en el mercado de las tareas supuestamente empáticas de la modernidad una especie de ética, no formulada explícitamente (en realidad, mercadería rancia), una ética que yo llamo la ética del otro porque es la ética del sacrificio, pero del sacrificio del otro; la ética del redímete tú que yo voy ahora; la de la Razón de Estado frente a la del Bien Común (con el que también hay que tener cuidado, pues como decía Sánchez Ferlosio disimula un mal particular con un bien general que aplaza siempre su promesa de recaer sobre «sus únicos posibles beneficiarios: los sujetos singulares»); la ética esa de los dilemas morales mezclados con la teoría de juegos en la que matas a alguien para salvarte tú y a unos pocos más; la ética, en fin, del que haría cualquier cosa por sus ideas y sus convicciones, pero ese cualquier cosa es matar por ellas en vez de morir por ellas.
El año pasado, de repente, las tradicionalmente pacíficas (y justísimas, y hay que decir, minoritarias) protestas contra el genocidio palestino, experimentaron un incremento a raíz de que en la contrarreloj de la Vuelta a España algunos entorpecieron el paso de un equipo que llevaba por nombre Israel. El gobierno, en vez de hacer cosas de gobierno (retirar el embajador, dejar de vender armas a Israel, presionar en los foros internacionales, proponer un bloqueo) se adhirió a las protestas y las alentó, es decir, convocó a las masas contra sus propias políticas para reventar un espectáculo con proyección internacional.
El caso fue que se pusieron en riesgo a algunos ciclistas, alguno cayó, alguno tuvo que retirarse de la carrera con una lesión y, en la apoteosis final, se organizó una zapatiesta que se remató con varios (muchos) policías y asistentes heridos. Se propagó la idea de que, si se estaba en contra de las protestas, del sabotaje de las etapas, de poner en riesgo a los ciclistas es que, en realidad, se estaba a favor de que murieran niños palestinos. Esta indecente falacia, este espantoso silogismo tuvo su corolario inevitable en las críticas a los ciclistas que protestaban o no se «dejaban tirar» por el bien de la causa.
El activismo y la militancia tienen buena prensa. No basta con pensar o actuar de manera justa, sino que hay que buscar la justicia; aunque parezca que es una tarea abrumadora o que no nos incumba por lo inalcanzable que esté de nuestro entorno o nuestra situación. Algo haremos, algo lograremos. No solo hay que tener ideas o ideología, no solo hay que manifestarlas. La consigna es que no podemos permanecer impasibles. Hasta ahí bien, pero se ha extendido la idea de que tenemos que hacer todo, todo lo posible para alcanzar nuestros insobornables objetivos.
Para justificar ese todo, una de las estrategias más comunes es, por ejemplo, agarrar a Rosa Parks por los pelos y sentarla en asientos en donde nunca estuvo sentada. Rosa Parks no puso en riesgo a nadie sino a ella misma, a nadie se denunció sino a ella, ella dio la cara, ella fue acusada, encarcelada, multada, juzgada.
Y no, ni siquiera hablo de las molestias que pudieran ocasionar las manifestaciones, los cortes, etc. No afino tanto. Las daremos por lícitas. Pero lo que no es ético hacer es endosarles la militancia a otros. No vale el las ideas son mías, pero pongo vuestro cuerpo. El que quiera sacrificarse por algo, que se sacrifique él. Porque cada uno decide lo que hace con su vida, porque cada vida es insustituible por otra, porque nadie tiene derecho a colocar a nadie en su lugar, aunque sea para salvar a otro. Si alguien quiere hacer algo por algo o alguien, que lo haga él y no por persona interpuesta de la que no sabe ni siquiera si comparte su causa o no. O como decía Antonio Machado por boca de Mairena: «El Cristo, muriendo en la Cruz para salvar al mundo, no es lo mismo que el mundo crucificando al Cristo para salvarse. Aunque el resultado fuera el mismo… no es lo mismo.»
Y tengo otra máxima, esta de La Rochefoucauld, valga tanto para los aspavientos de los que ponen a los otros en su sitio creyendo que se ponen ellos, como para los verdaderos malos que se excusan con una supuesta justicia definitiva, avasallando con los medios, matar, exterminar, que son sus verdaderos fines.
«Todos tenemos fortaleza suficiente para soportar los males ajenos».